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jueves, 20 de octubre de 2016

Violencia: de su instalación a la resistencia (II y final)


Parte 2. El llamado a la resistencia al sistema antihumano y la construcción de la alternativa transformadora


Resultado de imagen para rostro indigenaEste es un viejo tema que diferentes grupos humanos han desarrollado a lo largo de la historia. Es legitimar el “vivir en la oposición” no solamente por ser “antisistema” (palabra utilizada con perversidad para desautorizar y condenar a los herejes) sino que, a partir de ser víctimas sobrevivientes de un sistema que es “antihumano” establecer un rompimiento con la fatalidad de la inercia de la violencia que se reproduce en virtud del sistema, para luego construir aún si queremos, a partir de la duda, de la propuesta, que nos atrevamos pues a balbucear siquiera ¨lo otro¨ o mejor, que nos atrevamos a discutir otras posibilidades.

Se trata de dejar de ser reactivos para ser más creativos. La solidaridad, la armonía, la sabiduría son elementos propios del proceso creativo en el contexto en que lo enfocamos. Una de las claves de este proceso, es por ejemplo el “Inlakech” de los mayas que significa ¨tu eres mi otro yo¨. Este es un principio que (según deduzco) se generó a partir de la inmensa diversidad de grupos humanos diferentes en nuestra Mesoamérica en tiempos precolombinos (de hecho, el primer mestizaje se dio en aquella época, antes de la llegada de los españoles).

El Inlakech implica el reconocimiento del otro o de “los otros” (ustedes son el otro nosotros de nosotros) dentro de las diferencias. Pero esto implica un ejercicio para determinar “el otro” desde una perspectiva a lo mejor no tan occidental. Muchas veces los occidentales partimos de categorías que constriñen al “otro” a una perspectiva o a lo mejor una característica sobresaliente de el o los otros, o peor, por una característica valorada desde nuestra propia perspectiva como notablemente buena o mala. Para definir al otro, es necesario hacerlo desde la perspectiva de su integralidad y ésta se determina no solo por los que le rodean, sino por su propia dinámica con los demás. Desde esta perspectiva, los otros son parte integral de nosotros mismos sin necesidad de ser iguales, más bien es necesario ser diferentes para generar un tejido multicolor. Los mayas y los mesoamericanos, utilizaban el símbolo de la estera, es decir el petate, para hablar de la comunidad y lo que cohesiona a la comunidad es el Inlakech.

El hecho de definir a los judíos como ¨el gran problema de Europa¨ a los palestinos como ¨terroristas¨ o a los indígenas como  ¨seres inferiores destinados a la extinción¨ o a los brujos y brujas como ¨la condenación de la humanidad a fuego eterno¨ ha provocado gravísimos desbordes de violencia, en este caso por el desborde del poder punitivo del estado. El terror de los nazis en el Gueto de Varsovia, el cerco y ataque de las tropas israelíes a la Franja de Gaza irónicamente por los mismos judíos, son dos ejemplos de cómo el clasificar al otro, comprimido en una categoría de ¨enemigo¨ provoca graves violaciones de los derechos humanos como una simple reacción sin mayor conciencia, es decir que esto es concerniente a la dinámica de la ley del más fuerte, del darwinismo social, o de la ideología de la emergencia continua que denuncia el doctor Eugenio Zaffaroni consistente en delimitar a un sector de la población como ¨el problema¨ para justificar el crecimiento y desborde del poder punitivo del estado. 

Y sin embargo, a veces, en lo más cruel del genocidio, del ataque al otro, ha surgido el reconocimiento del o la “otra”. Recuerdo haber leído la historia de un nazi, quien en un proceso de ejecución de cientos de judíos con su fusil ametrallador, a quienes había hincado al borde de una fosa, vio súbitamente a una mujer, que antes de que le disparara a la cabeza, se volteó y le miró con tal intensidad que lo llevó a reconocer: “y vi que era un ser humano”; esa historia la repitió una y otra vez mientras convalecía trastornado en un manicomio.

El rostro humano, siendo una parte del cuerpo, es símbolo por excelencia de esa totalidad y por eso el Inlakech es también  ¨tu rostro es mi rostro¨. En 1992 como consecuencia directa de nuestro Proceso de Paz, los lisiados de guerra de ambos bandos, marcharon unidos. Fue interesante que se habían reconocido mutuamente como ¨guerreros¨ y guerreros lesionados con fuertes demandas que  aún hoy tienen vigencia. Si trascendemos la penalización y persecución de los seres humanos sólo por las apariencias y nos reconocemos dentro de las diferencias en nuestra integralidad de seres humanos, habremos quizá encontrado una clave para tratar el problema de la violencia. No quiero con estos comentarios, pretender dar soluciones, sino un humilde material de discusión. 
Contribución de Gustav Pineda (tohil223@yahoo.com.mx)

jueves, 6 de octubre de 2016

Violencia: de su instalación a la resistencia (I)


Parte 1. De la instalación de la violencia
Detalle Codex Kingsborough
Enfocar el fenómeno de la violencia puede ser incompleto si no se hace un análisis histórico de la misma; es decir desde las raíces más profundas en cuanto a fenómeno propio de una cultura, especialmente la occidental. Un texto budista enuncia: “Y yo también antes de despertar, al estar propenso a un nacimiento a causa del ser, buscaba lo que de la misma forma estaba propenso a nacer a causa del ser; al estar propenso a la vejez, enfermedad, muerte, pena e impureza, se me ocurrió: ¿Por qué, si estoy propenso a todas estas cosas, las sigo buscando?  ¿Por qué no, al estar propenso como estoy al nacimiento, vejez, decadencia, pena e impureza, busco lo no nacido, la no vejez, la no decadencia, la no muerte, la no pena, lo puro, a los más remotos lazos de seguridad, el Nirvana?” ( Ariyapariyesamasutta, Majjhima-Nikaya, I. 163.) 
La lógica de este planteamiento nos daría el contexto de la violencia como conducta movida por las necesidades que para algunos podrían ser el tanatos y el eros, es decir, de donde vienen los instintos de supervivencia y reproducción, bajo la lógica de que, se sobrevive y se reproduce el que logra imponerse sobre los demás, siendo esto la ley del más fuerte o, como dirían los iuspositivistas, el derecho llega hasta donde llega la flecha o la piedra del que la lanza.
Llevado este planteamiento a un nivel colectivo, o más a un nivel de género humano, llegamos al darwinismo social que sustentó la idea de la supremacía racial, es decir, el fatalismo de que unas “razas” estaban destinadas a sucumbir para dar paso a la “raza dominante”. De hecho, la ciencia del siglo XIX está muy marcada por este postulado. Esta ha sido pues, la lógica del nacimiento de las estructuras coloniales en América. Los conquistadores tenían derecho a imponerse manu militare y, como vencedores, tenían derecho a gozar de lo conquistado, de la presa de guerra. Los indígenas no tenían más que sucumbir ante la “nueva raza” y por tanto, toda expresión indígena era consignada a categorías peyorativas cuando no destruida.
Y es que, tan fuerte fue ese planteamiento que, cuando la Corona española intentó suprimir las encomiendas (forma eufemística de la esclavitud) los conquistadores y sus descendientes invocaron la famosa frase: “se acata, pero no se cumple”. Tenemos pues, en este momento histórico de la colonia, dos hechos fundacionales de la violencia como cultura: la imposición del más fuerte (que implica la condena y el estigma del más “débil”) y la formalidad inútil de las instituciones frente al poder real.  La cultura de la violencia se instala.
Ahora bien, la violencia de los grupos marginados y excluidos es un fenómeno antiguo que ha tenido diferentes manifestaciones pero que la constante es que se trata de víctimas, de agredidos que dan por respuesta la agresión, es decir, dentro de la misma dinámica de la propensión al nacimiento, la enfermedad... o la violencia podríamos decir. En este orden de ideas, el enunciar que “no existen dudas sobre la dimensión delincuencial de las pandillas” y quedarnos con esta sola afirmación, sería un reduccionismo extremo. Considero que si hemos fundado nuestra civilización sobre la cultura de la violencia, lo que hacen las personas agredidas es simplemente responder en la manera que pueden, pero claro, esta violencia no está legitimada, aunque es directamente provocada. Por eso sospecho fuertemente que esta respuesta está tasada, es decir, que por ejemplo, las empresas y los estados que promueven dentro del mismo contexto enunciado por el budismo del nacimiento, enfermedad, dolor y muerte, es decir la inercia, una carrera desaforada hacia la satisfacción de las necesidades bajo la ley del más fuerte, y metiendo a las personas en un cauce vertiginoso que no va más allá de esto, y que al contrario se interna en los seres humanos una sed extrema por la satisfacción de las necesidades, sean estas reales o creadas artificialmente. Es lógico pensar que habrán manifestaciones de violencia para los excluidos, para los insatisfechos y por tanto, como dije, sospecho que es algo que ya está planteado, que se han medido los costos y los beneficios no importando que de esto surjan pandillas porque lo que está para los incluidos, para los beneficiados es más ganancioso al final, considerando inclusive que algunos de los incluidos tengan que sufrir la violencia de los excluidos. 
¿Qué pasaría entonces si exploramos posibilidades de una opción alterna a la dinámica de la cultura de la violencia en su contexto del ciclo vital básico y movida por los instintos de supervivencia y reproducción? Me refiero a impulsar la posibilidad de valores alternativos que rompan con la dinámica de lo “necesario” y se retomen también los valores de nuestra cultura que desmontan la violencia. La sola reflexión alrededor de este planteamiento llevaría a las y los jóvenes, así como a los demás actores de este tema, a una búsqueda la cual podría en sí y desde su momento, ser una alternativa. Esta búsqueda implica también la investigación del papel que juegan la sociedad civil y el/ los estados. A la sociedad civil, especialmente a la sociedad civil organizada le compete tal vez una reflexión mas profunda y propongo una investigación de lo que ha sido esta reflexión sobre el problema, que incluya lo que hasta ahora ha hecho esta sociedad civil al respecto. Al estado le compete una reflexión alrededor de otras posibilidades mas allá de algo que viene directamente de la cultura de la violencia, como el manodurismo, sería interesante investigar y promover posibilidades a nivel estatal en la búsqueda de respuestas al problema de la violencia. De hecho, sería interesante establecer una especie de esclarecimiento histórico de lo que ha sido la relación estado-particulares, es decir, una revisión del contrato social en su dimensión real, ya que por ejemplo, los estándares de derechos de las y los excluidos y excluidas, aun siendo parte del contrato social, son sumamente bajos; a esto es a lo que yo llamo una suerte de "infra-estado" es decir, la realidad del derecho del débil se determina en tanto su debilidad y no en cuanto a su calidad de ser humano. Lo que estaría a la base de todo esto, es en precisamente cuestionar la dinámica de lo usuario, de lo que se deduce necesariamente de la fuerza, de la satisfacción de necesidades o del curso o más bien inercia del ciclo biológico. 

contribución de Gustavo Pineda (tohil23@yahoo.com.mx)