miércoles, 2 de noviembre de 2016

Violencia: ¿por qué necesitamos una adecuada teoría?

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Dali, "La esfinge de azúcar", 1933
1. Siempre hay una teoría
Toda acción (toda práxis, sería la expresión adecuada) supone una teoría, ímplicita o explícitamente. Las acciones se expresa desarticulada o articuladamente. Pueden ser espontáneas o reactivas, pero puede ser también ordenadas según ciertos objetivos de corto y largo plazo: es lo que llamamos una estrategia y se expresa normalmente en proyectos, programas y políticas. En el mejor de los casos, el diseño de una estrategia está antecedido por un análisis específico de la realidad sobre la que se quiere actuar a modo de intentar comprender el fenómeno. Hay análisis más o menos profundos, pero siempre aparecen implícita o explícitamente elementos teóricos que inciden con más o menos profundidad en la acción pretendida.

2. Resistencia a la teoría
Por tanto, habrá alguna teoría. Esto que parece obvio, es importante remarcarlo. Suele haber personas (funcionarios o técnicos) que rehuyen de la teoría, del “esfuerzo del concepto”. Universitariamente no podemos rehuir del esfuerzo, ni contentarnos con cualquier teoría, ni aceptar acríticamente cualquier pluralismo conceptual diversificado que raye en el eclecticismo. Por otro lado, en el tema de violencia, es importante así mismo destacar dos posturas al respecto (siguiendo a J. Giligan en Violence: a reflection on a national epidemics) y una más propia de nuestro contexto.
2.1 Existe la posición que asume que discutir teóricamente el asunto de la violencia (y/o delito) es perder el tiempo simplemente porque haya o no haya “causas subyacentes” a la violencia (y/o el crimen) es irrelevante, puesto no es importante entender, sino actuar en la medida que hay un hechor violento que necesita ser castigado y punto. Este es el tipo de postura que criminalizando la violencia recurre al castigo, una medida poco efectiva en términos netos a lo largo de la historia.
2.2 La posición posmoderna que sospecha de toda construcción teórica posible en la medida que puede responder a intereses específicos de grupos dominantes y que por tanto es preferible “no tener teoría” a ser presa de visiones ideologizadas. Si bien la preocupación es legítima, la solución planteada no es quizá la más acertada. En principio, ha de bastar la crítica permanente a toda construcción teórica, por supuesto tomando en cuenta que no podemos prescindir de los supuesto, pero si podemos hacerlos explícitos.
2.3 A pesar de convivir con algún tipo de teoría, suelen aparecer resistencia al tratamiento teórico de la violencia porque nos hemos acostumbrado a algún teoría normalmente implícita. Hay dos formas implícitas de teoría con las que hemos convivido y de las que nos cuesta desprendernos:
2.3.1 Las teorías que criminalizan la violencia y que terminan por convertir el problema de la violencia en un problema de pandillas. No estamos diciendo que la violencia como problema no tenga una arista delictiva, como tampoco estamos diciendo que las pandillas son problema ajeno. Lo que estamos diciendo que ahí hay una teoría que pueda que no sea fecunda (de hecho no lo ha sido en los últimos veinte años). Por eso hablar de modelos de salud pública, epidemiológicos o enfoque sociales para analizar la violencia suelen producir resistencias por esas teorías implícitas
2.3.2 Las teorías que adjudican al ocio una causalidad en términos de violencia y por tanto proponen el deporte y la actividad artística para “combatir la violencia”. Esto no significa que el deporte o el arte no sean importante. Debemos favorecer todo esfuerzo para la formación integral de la juventud, pero debemos tener claridad etiológica respecto a la violencia. Suele pasar aquí que tenemos una idea errónea sino confusa respecto de lo que es “causa”. Por supuesto que el deporte ayuda. Sin embargo, para resolver, el remedio debería dirigirse a los elementos causales y no sólo a manifestaciones específicas.

3. No puede ser cualquier teoría ni meramente una mezcla de teorías
Hay diversos autores y teorías. No es el momento de hacer el examen de cada teoría. En la medida que las teorías también son visiones de mundo, es normal que encontremos cierta diversidad. La pregunta es ¿toda teoría es adecuada? ¿Cualquier teoría vale?
Véamolo de esta manera. ¿Cómo explicamos la pobreza? ¿De qué teoría podemos valernos para explicar por qué hay pobres? Este es un tema que fue discutido amplicamente, por ejemplo en los años cincuenta a propósito del subdesarrollo en América Latina. Ha habido teorías que intentaban explicar la pobreza en función del clima y la geografía, de la iniciativa y el espíritu emprendedor o del pesimismo social, del ocio connatural de nuestros pueblos incluso. Sin embargo, es posible visualizar el problema en términos dinámicos, incluso dialécticos si se desea: no son pobres, son empobrecidos. La realidad de los pobres se explican en función de su empobrecimiento ligado a estructuras económicas capitalistas, una dinámica de apropiación de la plusvalía que hace a unos más ricos y a otros más pobres.
Hay pués, diversas teorías, pero no vale cualquiera. Tampoco es cuestión de proponer varias teorías y “que el pueblo decida”. Es función crítica de la universidad y del trabajo que hacemos determinar una teoría adecuada que responda al examen crítico de la realidad. No es por tanto cuestión de pluralismos (“abiertos a varios teorías sin cerrarnos a ninguna”), ni de populismo conceptual (“ofrezcamos las explicaciones y que la gente decida”), ni de mero eclecticismo (“mezclemos lo mejor de cada una”), sino de buscar las teoría apropiadas y adecuadas.
En los últimos diez, cuando no veinte años, hemos convivido con teorías de la violencia, como ya hemos insinuado más arriba, que criminalizan la violencia (“la violencia es un problema delictivo y por tanto necesitamos respuestas criminológicas”), que la atribuyen al ocio o incluso a los genes autóctonos y que ha conducido a estrategias, proyectos y programas que en poco o en nada han contribuido a la prevención, reducción o mitigación de la violencia: programas de deporte, casas para jóvenes en riesgo, políticas de mano dura, incremento de pena y castigos, etétera. Parece tiempo suficiente por lo menos como para poner en dudas ciertas posturas teóricas.

Contribución de Patricio Schweinsteiger-Solis (p.schweinsteiger.solis@gmail.com)

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